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Los roles sociales del hombre y la mujer a lo largo de la historia (3 de 3)

Por Lic. Verónica Kenigstein

Han sido muy pocas las mujeres que a lo largo de la historia (previa al siglo XX) han logrado hacer escuchar sus voces en el mundo social, ya sea a través de la literatura y las artes, o las ciencias naturales y sociales o cualquier otro medio. En ciertos momentos de la historia, algunas de estas mujeres valiosas y valientes fueron inclusive quemadas en la hoguera (el caso de Juana de Arco) por considerarlas hechiceras, sacrílegas y guiadas por el diablo.

Otras, como Sor Juana Inés de la Cruz o Madame Curie, se las arreglaron para expresar cada una desde su ámbito (una desde la reclusión religiosa y la otra desde la plataforma de trabajo científico con su marido) una voz y elevar un mensaje útil para la humanidad.

Hay otros casos excepcionales, como la Reina Elizabeth de Inglaterra, quien logró su lugar en el mundo con firmeza y fuerza, obligándose a prescindir de su relación de pareja para que la sociedad no la disolviera como “la reina consorte”. Ella dijo muy claramente: “quiero ser yo misma, no ser la mujer de.... Soy la esposa de Inglaterra”. Esto le costó su sexualidad. Aunque a un precio muy alto, cumplió su cometido y misión social.

Estos nombrados son, sin embargo, casos excepcionales en la historia que precede a nuestra época. Y por ello son recordados.

El surgimiento del feminismo en la década de los 70 del siglo XX significó un gran avance para el reconocimiento de las mujeres como seres tan importantes como los hombres en el desenvolvimiento social e individual. Sin embargo, este hecho (y esta es una apreciación personal y crítica), cuyo objetivo ha sido el re-equilibrio de las fuerzas masculinas y femeninas dentro de la sociedad, ha implicado, como en el comienzo de todo proceso de restructuración, un desbalance, de extremismo. En la búsqueda de la recuperación del poder se ha producido un desencuentro entre hombres y mujeres. Hemos caido en el otro extremo que, creemos, es necesario volver a equilibrar. Es tan sexista el feminismo como el machismo. Para lograr el verdadero equilibrio que es deseable y (creemos) posible, las piezas del rompecabezas deben caer en su sitio.

Creemos muy adecuado reconocer y estimular las diferencias, porque éstas son sanas y también la equidad en cuanto a derechos (sobre todo) y deberes. Hoy en día, a comienzos del siglo XXI, se ha logrado un gran avance en cuanto a la conquista de derechos y posiciones femeninas en la sociedad. Sin embargo, aún queda un gran camino por recorrer. Aun quedan internalizados en muchas personas e instituciones de gran poder social y educativo vestigios de una visión sexista del mundo.

Los miembros de ambos géneros debemos adaptarnos a los cambios, a los nuevos tiempos. En la relación de poderes, fuerzas y protagonismos, cada uno tiene su sitio. Hagamos lo posible por encontrarnos.



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