Han sido muy pocas las mujeres que a lo largo de la historia (previa al siglo
XX) han logrado hacer escuchar sus voces en el mundo social, ya sea a través de
la literatura y las artes, o las ciencias naturales y sociales o cualquier otro
medio. En ciertos momentos de la historia, algunas de estas mujeres valiosas y
valientes fueron inclusive quemadas en la hoguera (el caso de Juana de Arco) por
considerarlas hechiceras, sacrílegas y guiadas por el diablo.
Otras, como Sor Juana Inés de la Cruz o Madame Curie, se las arreglaron para
expresar cada una desde su ámbito (una desde la reclusión religiosa y la otra
desde la plataforma de trabajo científico con su marido) una voz y elevar un
mensaje útil para la humanidad.
Hay otros casos excepcionales, como la Reina Elizabeth de Inglaterra, quien
logró su lugar en el mundo con firmeza y fuerza, obligándose a prescindir de su
relación de pareja para que la sociedad no la disolviera como “la reina
consorte”. Ella dijo muy claramente: “quiero ser yo misma, no ser la mujer
de.... Soy la esposa de Inglaterra”. Esto le costó su sexualidad. Aunque a un
precio muy alto, cumplió su cometido y misión social.
Estos nombrados son, sin embargo, casos excepcionales en la historia que precede
a nuestra época. Y por ello son recordados.
El surgimiento del feminismo en la década de los 70 del siglo XX significó un
gran avance para el reconocimiento de las mujeres como seres tan importantes
como los hombres en el desenvolvimiento social e individual. Sin embargo, este
hecho (y esta es una apreciación personal y crítica), cuyo objetivo ha sido el
re-equilibrio de las fuerzas masculinas y femeninas dentro de la sociedad, ha
implicado, como en el comienzo de todo proceso de restructuración, un desbalance,
de extremismo. En la búsqueda de la recuperación del poder se ha producido un
desencuentro entre hombres y mujeres. Hemos caido en el otro extremo que,
creemos, es necesario volver a equilibrar. Es tan sexista el feminismo como el
machismo. Para lograr el verdadero equilibrio que es deseable y (creemos)
posible, las piezas del rompecabezas deben caer en su sitio.
Creemos muy adecuado reconocer y estimular las diferencias, porque éstas son
sanas y también la equidad en cuanto a derechos (sobre todo) y deberes. Hoy en
día, a comienzos del siglo XXI, se ha logrado un gran avance en cuanto a la
conquista de derechos y posiciones femeninas en la sociedad. Sin embargo, aún
queda un gran camino por recorrer. Aun quedan internalizados en muchas personas
e instituciones de gran poder social y educativo vestigios de una visión sexista
del mundo.
Los miembros de ambos géneros debemos adaptarnos a los cambios, a los nuevos
tiempos. En la relación de poderes, fuerzas y protagonismos, cada uno tiene su
sitio. Hagamos lo posible por encontrarnos.