Somos seres sexuados y no podemos desprendernos de esta condición a lo largo
de toda la vida, lo que ocurre es que cambia en la medida que vamos creciendo,
madurando, envejeciendo
Toda comunicación con las demás personas se realiza mediante el cuerpo. Desde la
infancia, mantenemos un diálogo permanente que se establece por medio del
lenguaje corporal.
Sólo de ver la cara a una persona, se sabe si está disgustada al mantener el
ceño fruncido, si está feliz debido a su relajada sonrisa y ese brillo especial
en los ojos.
Abrimos los brazos para expresar cariño, gesticulamos cuando la ira nos invade,
nos acercamos a alguien para demostrar necesidad de compañía. Y todo esto sucede
apenas sin darnos cuenta que está sucediendo.
El lenguaje corporal nunca miente, a no ser cuando ciertos procesos –que no
llamaremos educativos– nos enseñan a controlar ese lenguaje que se vuelve insano
e hipócrita: entonces la persona demuestra alegría cuando realmente le invade
una honda tristeza o manifiesta amistad y cariño cuando en verdad es antipatía
lo que está sintiendo...aunque, a algunas y algunos, no obstante, los ojos los
delaten.
El cuerpo representa a la persona, no sólo ante sí misma, de manera individual e
íntima, sino que además es la frontera, el límite entre el YO y el afuera.
Nuestro cuerpo, es lo primero que ven los otros y las otras.
Ver y ser vistos
El cuerpo y el modo de cubrirlo han tenido variados significados de acuerdo a la
cultura de cada época. Los griegos, digamos, exaltaban al máximo el cuidado
corpóreo como elemento estético. Utilizaban las túnicas, no para ocultar sino
para realzar y delinear las formas y siluetas.
En otros tiempos, como en el medioevo, se cubrió de grueso tejido para que nada
se pudiera adivinar. Con estos ejemplos pretendo llegar a un punto interesante
de este asunto: las formas de percibir y tratar el cuerpo propio no son
totalmente nuestras sino que están influidas por las otras personas, la sociedad
y la cultura.
La gente nos mira y eso funciona como un espejo que nos devuelve la imagen del
propio cuerpo. Así, los halagos o críticas actúan como saetas ante un: “Qué
gordura la tuya” o como reforzadores de autoimagen ante la frase: “Qué bien te
mantienes”.
El comportamiento corporal que se tiene como algo natural es, en verdad,
socialmente construido. Ninguna chica se contonea por intuición, sino por
imitación. Así sucede con las poses, las expresiones y el modo de actuar: los
hombres colocan generalmente el tobillo sobre la rodilla cuando están sentados;
las mujeres cruzan las piernas.
De la misma manera, el cuerpo nos vincula o nos aísla. Hay que saber de los
caminos del cuerpo, sobre todo, aceptarlo todas y cada una de sus partes,
aprender a amarlo y a cuidarlo.
Olvidarse de esos cuerpos que transmiten las propagandas. En la vida real, todas
contamos con imperfecciones que hay que asimilar porque somos humanas.
Si no llegamos a un entendimiento y aceptación de nuestro cuerpo, no va a
existir la necesaria soltura para el encuentro con “otro”. La relación sexual
implica desnudarse, mostrarse a la pareja tal y como venimos al mundo.
De acuerdo al rechazo o agrado de lo que somos, se montará una vivencia erótica
llena de pudores y complicaciones o una sana manera de favorecer la posibilidad
de recrear el goce compartido.
En este punto, no se puede dejar de mencionar la autoestima, uno de los valores
humanos que más imbricado está con la sexualidad.
La autoestima son las opiniones, juicios, sentimientos y valoraciones que
tenemos de nosotras mismas. Se va desarrollando gradualmente desde niñas, a
partir de los comentarios y experiencias que recibimos de los demás y de las
vivencias propias.
Si hemos tenido una familia cálida que ha sabido fomentar en nosotras seguridad,
independencia y bríos, es muy probable que la autoestima esté en buena posición;
sin embargo, si provenimos de una familia que a menudo te dice: ¡Todo lo haces
mal! Es muy probable que la estima esté dañada.
Pero siempre hay tiempo para aprender. Y con ese propósito es necesario saber
que la autoestima es importante en cada minuto de la vida. Cuando una se levanta
en la mañana, se mira al espejo, sonríe y se dice: “Soy capaz, me tengo
confianza, me agrado, me quiero. Todo está bien”.
Se está produciendo una fortaleza interior que permite, en el caso que nos ocupa
de la sexualidad, ser mujeres más altivas (entiéndase no manejables al antojo de
un hombre) y una enorme protección para evitar caer en situaciones humillantes o
elaborar el duelo por la pérdida de la pareja con más recursos intelectuales y
emocionales.
El amor hacia una misma fomenta una buena estima. Y es una verdad de Perogrullo
que primero hay que quererse a sí para poder querer a los demás. Quien se
entrega a su pareja, asumiendo que primero está él y después ella misma,
conocerá más temprano que tarde que tales sacrificios no logran el objetivo
deseado. Si una misma no se valora, nadie lo hará. Si una se deja pisotear,
serás pisoteada irremediablemente.
Tener una buena autoestima, una imagen positiva de una misma, es condición
indispensable en estos tiempos en los cuales la sumisión y dependencia a un
“otro”, se va desdibujando para bien de la humanidad.
Pasemos entonces a otro tema donde la autoestima y la autoimagen tienen gran
valor.
Ponerse en sintonía con el propio cuerpo es algo que debía enseñarse como las
matemáticas y aprenderse como parte de la educación integral. Es tan necesario
un diálogo que facilite la comprensión de esos patrones impuestos desde la
cultura, de la relatividad de los gustos, así como la importante necesidad de
valorar y tener en cuenta los múltiples contrastes entre los seres humanos.
Aceptar el cuerpo es vital para cuidarlo y conocer sus necesidades. “El cuerpo
avisa” es una frase que utilizan quienes valoran los mensajes corporales, no
solamente aquellos tan apremiantes de hambre o sed, sino otros envíos más
sutiles como la necesidad de un descanso repentino o la atención inmediata a
ciertos malestares.