El erotismo no es solamente una respuesta a los estímulos reales sino que,
también, tiene su anclaje en la imaginación y la fantasía, sin las cuales no
podría sobrevivir. Las incitaciones puramente imaginarias en que lo psicológico
colabora estrechamente con lo fisiológico, animándolo mediante la representación
mental de personas, objetos o escenas, en ausencia de ellas o, incluso, sin su
existencia previa, pues la imaginación alcanza lo que no alcanza la realidad y
acaba muchas veces triunfando sobre cualquier tipo de realidad.
La fantasía, riqueza del arte, lo es, también, del fenómeno erótico: fantasías
eróticas, que como un soñar despierto, son frecuentemente el manantial de
quienes desvían la vida sexual hacia la imaginativa, cosa que debe suceder a
menudo por aquello de que "las mejores cartas de amor han sido escritas por
quienes nunca se enamoraron" como ha sentenciado alguien.
Al lado del erotismo se encuentra la voluptuosidad, aunque esta no sea la meta
necesaria del proceso erótico, es cierto, sin embargo, que es la complacencia de
los deleites sensuales, estimulada por la sensualidad, ingrediente del erotismo,
pero capaz de destruirlo por su propia identidad. Así la expresión artística
muchas veces toma la voluptuosidad y la lleva a un estado libidinógeno que
incluye la mística, pero en lo referente al hombre su representación se llega a
catalogar hasta de indecente.
A contrapunto hay que hablar de pornografía porque los límites son sutiles e
inciertos, tanto que la polémica reverdece muy a menudo con la participación de
moralistas, médicos, literatos, artistas, educadores, juristas, legisladores,
autoridades civiles y eclesiásticas, padres de familia y, en resumen, de todos
porque al fin y al cabo se trata de una humana cuestión y de un asunto de
interés social.
Hay que partir, en primer lugar, de que el erotismo es una tendencia natural del
ser humano y la pornografía, en cambio, es un vehículo externo, creado por la
civilización como medio para estimular artificialmente el erotismo y la
satisfacción sexual.
No puede confundirse de modo alguno el erotismo con la pornografía. Lo que suele
confundirse con el nombre de erotismo con la erotografía o actividad gráfica
(escrito o imagen visual) cuyo tema, contenido o propósito se relacionan con el
erotismo, que ella si puede entrar fácilmente en la órbita pornográfica.
Dejando de lado la etimología de la palabra, hoy se acepta que lo pornográfico
es lo obsceno, lo vergonzoso, con relación a lo sexual. Los estudiosos de este
problema distinguen a la pornografía solamente para lo escrito; porno plástico
para los dibujos, fotografías, esculturas y porno cinética para las imágenes en
movimiento como el cine y la televisión.
Obscenidad viene del latín obc‘cum en que c‘cum significa cieno, lodo, suciedad;
de tal manera que lo obsceno produce repugnancia. Esta repugnancia atrae a
muchos se dirá y, justamente, ah¡ comienza lo psicopatológico. Lo que sería
interesante es saber desde cuando la idea de lo obsceno como sucio o vergonzoso
se fue vinculando a la vida sexual. Tal vez algo, o a lo mejor mucho, tiene que
ver los padres de la iglesia ya que ellos fueron sexofobos por antonomasia. Hay
que aceptar, pues, lo que ya es común, que la pornografía es obscena y que
obscenidad es indecencia sexual.
Indecente, a su vez, es lo que la mayoría de la gente no acepta de acuerdo a las
normas de comportamiento establecidos en un determinado tiempo y lugar. Por ello
algunos afirman que la moral es cuestión de geografía.