"La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado
a despertar hace muy poco", dice Lloyd deMause. Su libro Historia de la
Infancia es un trabajo de investigación en psicoanálisis aplicado, en el que
el autor relata las aberrantes violencias que los adultos han cometido contra
los niños a lo largo de los tiempos.
El abuso sexual es una de esas violencias. Coincido con de Mause cuando habla de
la pesadilla de la que hemos empezado a despertar, agregando que toda la
comunidad, incluida la psicoanalítica, tiende a oscilar entre el reconocimiento
del abuso y esa especie de adormecimiento por el cual se descree la existencia
del abuso o se le resta gravedad. Es que, de manera paradojal, para salir de esa
pesadilla primero tenemos que adentrarnos en ella, conociendo todo su horror.
En la Antigüedad se consideraba natural tomar a los niños como objetos
sexuales. En la Roma Imperial primero se castraba a los pequeños varones
"en la cuna" y luego se los llevaba a lupanares para que los hombres
abusaran de ellos sodomizándolos. Hoy, la pornografía y la prostitución
infantil hasta navegan impunemente por Internet. (Los especialistas en informática
saben que el producto más consumido del espacio cibernético es la pornografía,
incluida la infantil).
En la Edad Media, se creía que los niños ignoraban toda noción de placer y
dolor, creencia que aún perdura. Según Lloyd deMause la idea de que los niños
son, desde su inocencia, inmunes a la corrupción, es un argumento defensivo
utilizado con frecuencia por quienes abusan de ellos para no reconocer que con
sus actos les hacen daño.
Mientras que en el Renacimiento comenzó a reprobarse la manipulación infantil
con fines sexuales, en el siglo XVIII empezó a castigarse a los niños que se
masturbaban. Los más severos castigos consistían en la circuncisión, la
infibulación y la cliridectomía. Actualmente también esas prácticas
persisten, disfrazadas de rituales sociales y religiosos o aduciendo razones de
higiene. Desangradas o infectadas por la clitoridectomía, mueren miles de niñas
en los países islámicos. Las que sobreviven, quedan mutiladas en sus
posibilidades de alcanzar el placer sexual.
Tanto por considerarla asexuada como por estar pecaminosamente presa de su sexo,
la criatura es castigada arbitrariamente por el adulto. Con su peligroso
imaginario, él invade violentamente el cuerpo y el alma del niño, sin
reconocerle ni privacidad ni identidad propia y diferente.
Haciendo un breve recorrido histórico en torno del abuso sexual también
podemos comprobar cómo las ideas que en otros tiempos se consideraban naturales
y no se cuestionaban, aún siguen presentes en la mentalidad de los abusadores y
de los que, al minimizar la gravedad de esa terrible invasión al cuerpo y al
alma del niño, se transforman en cómplices. Pero, mientras que los castigos
corporales todavía son justificados por muchos padres y educadores como
necesarios para la educación infantil- es muy común la frase "un buen
sopapo dado a tiempo..." -siempre que el abusador sexual violenta al niño
con su conducta lo hace en secreto, a escondidas y a sabiendas de que se trata
de un acto delictivo.
Llegando a fines del siglo XIX, recordemos que la primera paciente del psicoanálisis,
Anna O., a fines del siglo XIX bautizó a la terapia catártica que Joseph
Breuer usaba con ella de "talking cure". La "cura por la
palabra" tenía un viejo antecedente, la "cura del alma". Ésta
surgió a fines del siglo XVIII en las comunidades de los reformistas
protestantes y era una derivación de la práctica de la confesión,
"ligada al más absoluto secreto"[1], con un sacerdote. Es
precisamente en este contexto que surge la idea del secreto patógeno: el alma
padece por causa de un secreto abrumador enterrado en ella y la cura llegará
cuando ese secreto se devele. El primer médico que sistematizó científicamente
el conocimiento del secreto patógeno fue el vienés Moritz Benedikt, que en una
serie de publicaciones aparecidas entre 1864 y 1895 demostró que la causa de
numerosos casos de histeria y otras neurosis reside en un secreto angustioso,
perteneciente la mayoría de las veces a la vida sexual.
Proclamando la necesidad de la psicoterapia, Benedikt también publicó cuatro
casos de histeria masculina ocasionados por malos tratos sufridos en la
infancia. Este sensible médico afirmaba que muchas personas, sobre todo
mujeres, tenían una vida secreta que escondía un secreto patógeno,
insistiendo que éste se relacionaba " con algún aspecto de la vida
sexual." Su confesión hacía desaparecer los problemas de la paciente. Al
mismo tiempo Charcot, en Francia, hablaba de la histeria traumática, acercándose
bastante al nódulo del problema. Sigmund Freud, que conocía los estudios de
Benedikt, se había beneficiado con sus enseñanzas acerca de la importancia de
la segunda vida (ensueños, deseos suprimidos, ambiciones) y del secreto patógeno.
Por otra parte, cuando el padre del psicoanálisis estuvo en Francia entre 1885
y 1886, estudió junto a Charcot y Paul Broardel, éste último profesor de la cátedra
de medicina legal de París. También tuvo la oportunidad de concurrir a la
morgue y de leer los textos de Ambroise Tardieu, quien había antecedido a
Broardel. Tardieu, médico forense, escribió en 1860 un Estudio médico-legal
de la crueldad y malos tratos infligidos a los niños en donde se refiere a 32
casos de niños y niñas brutalmente golpeados, la mayoría por sus progenitores
y de una niña que, además, fue sexualmente abusada por su padre. Los relatos
de Tardieu son de una triste actualidad y el solo leerlos implica entrar en una
pesadilla. Refiriéndose a los padres que abusan de sus hijas, decía en 1878:
"Lo que entristece aún más es ver que los lazos de sangre, en lugar de
constituir una barrera para esas tendencias imperdonables, con harta frecuencia
sólo sirven para favorecerlas: los padres abusan de sus hijas, los hermanos de
sus hermanas".[2]
Asimismo, en 1913 Freud escribe una frase sumamente significativa:
"Cuando en 1885 yo residía en París como discípulo de Charcot, lo que más
me atrajo, junto a las lecciones del maestro, fueron las demostraciones y dichos
de Brouardel, quien solía señalarnos en los cadáveres de la morgue cuántas
cosas dignas de conocimiento para el médico había, de las cuales la ciencia no
se dignaba anoticiarse".[3]
Teoría de la seducción
Desde que el psicoanálisis nació hasta hoy que cumple su primer siglo de vida,
los psicoanalistas hemos oscilado entre reconocer la realidad del abuso sexual
contra menores, haciendo una multiplicidad de ricos aportes a la comprensión de
este problema y, paralela o posteriormente, negar su existencia.
Breuer y Freud publican sus Estudios sobre la histeria en 1895. En dos
historiales clínicos, Sigmund Freud afirma que sus jóvenes pacientes
enfermaron a raíz del abuso sexual sufrido en los primeros años de la
pubertad. En ambos casos, dice, eran sus tíos quienes, además de
"asediarlas sexualmente", las amenazaban con castigarlas si ellas
hablaban. Uno de esos historiales es el de Katharina [4], que en el momento de
la terapia tenía dieciocho años y el otro es el de Rosalía [5]. Pero en 1924,
Freud agrega al historial clínico de Katharina una nota a pie de página en la
que dice:
"Después de tantos años, me atrevo a infringir la discreción antes
observada y a indicar que Katharina no era la sobrina sino la hija de la
hospedera. Vale decir que la muchacha había enfermado a raíz de unas
tentaciones sexuales que partían de su propio padre. Una desfiguración como la
practicada por mí en este caso debería evitarse a toda costa en un historial
clínico"
Igualmente, en la nota al pie de página del breve historial de Rosalía, Freud
agrega: "También aquí era en realidad el padre, no el tío"
Como consecuencia de esa incipiente tarea psicoterapéutica con sus histéricas
y de todo lo que había aprendido de sus maestros, Sigmund Freud elaboró la
teoría de la seducción según la cual el recuerdo de los abusos sexuales
padecidos en la infancia por parte de adultos provoca neurosis. El 21 de abril
de 1896 expuso su teoría en una conferencia dada en la Sociedad de Psiquiatría
y Neurología de Viena, afirmando que dieciocho casos clínicos - seis hombres y
doce mujeres - sustentaban su hipótesis. Katharina y Rosalía se encontraban
entre ellos [6]. Los abusos sexuales, afirmaba Freud, eran cometidos a veces por
adultos extraños a las criaturas sin el consentimiento de ellas y con una
secuela de terror inmediata a la vivencia. Otras veces, la persona adulta era
cuidadora del niño. "Niñera, aya, gobernanta, maestro, y por desdicha
también, un pariente próximo". Sus oyentes en aquella conferencia, todos
varones y todos expertos en patología de la vida sexual, se mostraron escépticos
e incrédulos. Unos días después, Freud le escribe a Fliess, su mejor amigo en
aquel entonces: "La conferencia tuvo una recepción gélida por parte de
los asnos y un juicio singular por parte de Krafft-Ebing - el famoso sexólogo
austríaco - quien, refiriéndose a la teoría de la seducción, dijo: ‘Suena
como un cuento de hadas científico’". El resultado fue que, a pesar de
sus ironías, el creador del psicoanálisis se sintió marginado y muy
preocupado por no recibir nuevos pacientes.
En septiembre de 1897, en otra carta a Fliess, le expresa que no puede seguir
sustentando la teoría de la seducción. "Ya no creo más en mi neurótica",
escribe, y fundamenta su descreimiento en la "imposibilidad de acusar al
padre de perverso", inclusive al suyo, y en que considera poco probable
que la perversión contra los niños esté tan difundida. Piensa ahora que el
relato de sus pacientes se apoya en un falso recuerdo, producto de sus fantasías.
Poco tiempo después, elabora la teoría del complejo de Edipo, en la cual el
seductor pasa a ser el niño. Uno de los padres es objeto de amor y el otro, el
rival, objeto del odio infantil en el conocido y popular triángulo edípico.
Los celos y el sentimiento de exclusión dominan la escena. A pesar de esto, en
1924 también decía que no todo lo que había escrito sobre el abuso de niños
merecía rechazo y que la teoría de la seducción tenía una cierta significación
para la etiología de las neurosis.
Varias cosas llaman la atención del texto que Freud escribiera entre 1893 y
1895, cuando empezaba a nacer el psicoanálisis. Una es el haber disfrazado,
tanto en el caso de Katharina como en el de Rosalía, a un padre de tío. Si de
encubrir datos reales se trataba, para evitar que su paciente fuera
identificada, el creador del psicoanálisis sabía cómo hacerlo. Encubrir es,
como él mismo lo sugiere, cambiarle de nombre al monte donde la paciente vivía
o decir que era una campesina cuando en realidad podía tratarse de una dama
perteneciente a la sociedad vienesa. Pero cambiar a un padre por un tío es una
distorsión que trastoca el significado de los hechos, y Freud lo sabía. Por
eso, en 1924 agregó en los dos casos clínicos el dato real, aunque sin
explicar el por qué de su "error" anterior. Según Jeffrey Masson,
autor del libro El asalto a la verdad. La renuncia de Freud a la teoría de la
seducción, tal distorsión fue el recurso utilizado por Freud para convencer a
Breuer a publicar conjuntamente los Estudios, ya que a éste le repugnaba la
tesis freudiana de que la histeria fuese causada por seducciones sexuales
sufridas en la infancia. Hasta es posible que Freud no haya querido identificar
al padre de Katharina por un expreso pedido de Breuer. Pero también podría
pensarse que había caído preso de su propia desmentida [7]. Aún siendo
acertada la hipótesis de Masson, es innegable que en Freud se sumaba su propia
resistencia, que también queda al descubierto en la misma teoría de la seducción,
por la cual lo traumático no es el abuso sufrido durante la niñez sino su
recuerdo durante la adolescencia, idea que minimiza la gravedad del abuso como
una situación traumática. Situación traumática que marca al psiquismo
infantil en el mismo momento en que ocurre. Por otra parte, en la nota a pie de
página al historial de Katharina, el creador del psicoanálisis utiliza la
palabra "tentación", sugiriendo así que la hija se sentía atraída
por el padre y desestimando la propia palabra de la paciente, quien decía haber
sentido asco y temor. Es que también para Freud, como para tantos de nosotros,
debía ser conflictivo el cuestionamiento de la mítica "santa"
paternidad. Por otra parte, en los momentos que el psicoanálisis nacía, su
creador estaba solo. La comunidad científica de esa pequeña Viena en la que
todos se conocían rechazaba sus afirmaciones bautizándolas de "cuentos de
hadas". Aunque Freud nunca terminara de renunciar a la teoría de la
seducción, tampoco la reivindicó explícitamente, mientras los psicoanalistas
dejaron, en su mayoría, de hablar de ella. Había que encontrar a Edipo a toda
costa, aunque hubiera que forzar a las histéricas a entrar en un nuevo lecho de
Procusto.
Cuando, años más tarde, en 1905, Freud publicó su Análisis fragmentario de
una histeria, el no creer en la palabra de su paciente Dora fue aún más grave
que en los casos de Katharina y Rosalía. Freud insistía una y otra vez que
Dora- en el momento de la consulta ella tenía dieciocho años - estaba
profundamente enamorada del Sr. K. Freud no pudo- o no quiso- reconocer que
Dora, aunque ella lo afirmara claramente, había sido víctima de acoso sexual -
el primero sufrido a los trece años - por parte de un hombre de la edad de su
propio padre. "Él me ha entregado al señor K." decía, angustiada.
En realidad se trataba de una recompensa por intermedio de la cual el Sr. K.
toleraría la adúltera relación entre su esposa y el padre de Dora. Cabría
preguntarse también por qué, con tanta tranquilidad, el padre de Dora se anima
a llevarla al tratamiento con Freud. Él espera una complicidad de parte del
maestro del psicoanálisis: calmar a su hija que se estaba poniendo demasiado
molesta.
Aunque el psicoanálisis es, de todas las teorías psicológicas, la que posee
mayor riqueza de conceptualización y aunque, según comprobamos, el tema del
abuso surgió tempranamente en la misma teoría freudiana, los psicoanalistas
cargamos todavía con una vieja cuenta pendiente en relación a nuestros
pacientes abusados y a toda la comunidad. Cuenta pendiente que no terminamos de
saldar por no ponernos de acuerdo. La historia de este desacuerdo comienza
cuando Freud abandona su teoría de la seducción, y se repite una y otra vez en
el lapso de estos cien años de vida del psicoanálisis. Otra evidente prueba de
la conflictiva relación que los psicoanalistas han tenido con el tema del abuso
sexual es la controversia entre Sándor Ferenczi y Sigmund Freud.
Confusión de lenguas entre el adulto y el niño
En 1932, el talentoso y creativo psicoanalista Sándor Ferenczi abrió el XII
Congreso Internacional de Psicoanálisis con la ponencia Confusión de lengua
entre los adultos y el niño. El lenguaje de la ternura y el de la pasión. En
este texto, bautizado de manera tan significativa, Ferenczi dice
"Nunca se insistirá bastante sobre la importancia del traumatismo y en
particular del traumatismo sexual como factor patógeno. Incluso los niños de
familias honorables de tradición puritana son víctimas de violencias y
violaciones mucho más a menudo de lo que se cree. Bien son los padres que
buscan un sustituto a sus insatisfacciones de forma patológica, o bien son
personas de confianza de la familia (tíos, abuelos), o bien los preceptores o
el personal doméstico quienes abusan de la ignorancia y la inocencia de los niños".
Más adelante, Ferenczi afirma que esos adultos con predisposiciones patológicas
confunden los juegos y conductas de los niños con los deseos de una persona
sexualmente adulta, confusión que los lleva a abusar sexualmente de las
criaturas. El niño puede intentar protestar, pero a la larga es vencido por la
fuerza y la autoridad aplastante del adulto. Llevado por el temor y la indefensión,
la criatura se doblega a la voluntad del agresor y lo introyecta, para poder
seguir sosteniendo con él un vínculo de ternura. A este mecanismo de defensa
mental lo llamará "identificación con el agresor".
Ferenczi murió en mayo de 1933, con la promesa de Ernest Jones de publicarle el
trabajo en la International Journal of Psyco-Analysis. Poco antes de morir
Ferenczi, Freud, repitiendo lo mismo que a él le hiciera Krafft - Ebing- o,
como él mismo hubiera dicho, repitiendo activamente lo vivido pasivamente - le
escribe a Jones una carta donde le dice que una paciente de Ferenczi, la señora
Severn, parecía haberle provocado a su analista una pseudología phantástica.
En junio, Jones le contesta diciéndole que la paranoia de Ferenczi se había
puesto en evidencia "a la vista de su último articulo para el
congreso" ..y que veía contraproducente publicar, ahora que él había
muerto, su último artículo, ya que sería un perjuicio y un descrédito para
el propio autor. Y agrega: “Sus postulados científicos y sus declaraciones
sobre la práctica analítica no constituyen más que una sarta de errores que
solamente sirven para desacreditar al psicoanálisis y dar pábulo a sus
enemigos”. El polémico y valioso trabajo en el que Ferenczi denuncia la
frecuencia del abuso sexual en la infancia se conoció recién en 1949 gracias a
Michael Balint. Parecía repetirse lo sucedido en aquella primavera vienesa de
1896, cuando Freud leía su trabajo sobre la etiología de la histeria ante la
escucha desvalorizadora de sus colegas médicos. Es que, como dice Alice Miller,
los dogmas no pueden rebatirse en tanto se alimentan del miedo de sus
partidarios a ser excluidos del grupo que los sostiene. Quien, desafiando esos
dogmas, se pone en actitud crítica, corre el
riesgo del ostracismo.
Complejo de Casandra y pseudología fantástica
Un día que Casandra - hija de los reyes de Troya Hécuba y Príamo - se
quedó dormida en el templo, apareció Apolo. Entusiasmado por ella, le prometió
enseñarle el don de la profecía con la condición de que yaciera con él.
Después de recibir el don, Casandra se arrepintió de lo convenido. Pero
consintió en darle a Apolo el beso que le pedía. Él, maldiciéndola, le
escupió en la boca. Ya que, una vez otorgado, ni siquiera un dios puede quitar
el don regalado, él consiguió con su maldición que nadie creyera nunca las
profecías de Casandra.
La psicoanalista junguiana Laurie Shapira compara a la histérica con Casandra.
Como forma de enfrentarse con Apolo por los atropellos del dios hacia lo
femenino, Casandra "primero obedecía y después renegaba". A través
de su ambivalencia, expresaba el temor a ser una víctima más de las muchas
otras mujeres maltratadas y abandonadas por el dios.
Así como no se tomaban como ciertas las proféticas palabras de Casandra, también
se descree de las veraces denuncias que las Katharinas y las Rosalías hacen
contra sus padres abusadores. Aunque Casandra hablara del futuro [8] y las víctimas
de abuso se refieran al pasado, en todos los casos el descreimiento lleva a la
tragedia. Las criaturas abusadas denuncian, de una u otra manera, que los
adultos les asesinan la infancia y que, como ellas no pueden confiar en los
encargados de cuidarlas, el mundo se les derrumba. En los casos más leves
desarrollarán una neurosis o síntomas psicosomáticos; en los más graves una
psicosis. Cuando, ya adultas, concurran a consultar con especialistas en salud
mental, algunos les hablarán de fantasías de seducción o de “seudología
fantástica”, sufriendo así una nueva victimización. También la voz de Sándor
Ferenczi fue silenciada y no solamente por no haber cumplido Jones con la
promesa de traducir su trabajo sobre Confusión de lenguas... Las ideas del
creativo psicoanalista húngaro no se difunden, en general, en las instituciones
psicoanalíticas y su nombre ni siquiera se menciona en las carreras de psicología
de las distintas facultades.
Violencia de la desmentida
A pesar de la frecuencia con que, evidentemente, se producen estos hechos, llama
la atención la falta de bibliografía psicoanalítica sobre el tema. También
es significativo que la escasa existente no se conozca o que se explique el
abuso diciendo que la víctima sedujo al victimario [9]. A muchos psicoanalistas
contemporáneos parece sucederles algo parecido a lo que le ocurrió a Sigmund
Freud hace casi un siglo: no quieren aceptar la verdad de lo que escuchan.
Como, por otra parte, no hay peor ciego que el que no quiere ver, muchas veces
el analista de niños ni siquiera reconoce que, detrás de los síntomas que su
pequeño paciente presenta, se esconde el abuso. Y éste persistirá, porque no
hay ni oyente ni interlocutor válido que lo detecte. El niño siempre denuncia
el abuso, aunque no necesariamente con palabras ya que, a veces, por ser
demasiado pequeño, todavía ni siquiera sabe pronunciarlas. Su silencio, su
juego, sus síntomas son su manera de hablar. Sabe que los encargados de
cuidarlo no pueden cumplir con esa función y, además, suelen asustarlo con
amenazas diversas. Otras veces, denuncia hablando pero, o no se le cree, como a
Casandra, o se le considera responsable del abuso.
Un psicoanálisis sin dogmas es sumamente rico para cualquier clínica, es decir
para comprender, aliviar y elaborar cualquier dolor psíquico. Freud, aunque
luego renegara de su propia teoría, fue pionero en el problema del abuso sexual
contra la infancia y esto es reconocido por todos los autores, psicoanalistas o
no, que se especializan en el tema. Siguiéndolos a Ferenczi y al mismo padre
del psicoanálisis, algunos psicoanalistas de nuestros días no sólo estamos
atentos al tema del abuso sino que, además, hemos comenzado a teorizar y a
escribir acerca de él.
Pero, al mismo tiempo, existe la complicidad con el abusador, no consciente si
surge de la desmentida y absolutamente tendenciosa y consciente en algunos
profesionales de la salud y de la ley. Estos hacen frente común con los
abusadores, aunque se presenten como “especialistas” en abuso sexual de
menores. Lobos con piel de cordero, oportunistas que cobran altos honorarios de
sus defendidos, mientras que los que trabajan con los niños abusados lo hacen
generalmente por muy bajos honorarios o hasta gratuitamente. Los niños no
tienen recursos para defenderse, tampoco el del dinero. Una serie de viñetas
nos permitirán ver mejor el accionar de este tipo de profesionales. · Un
pediatra recibe a su pequeña paciente de seis años. La madre, que está
separada, le relata que la niña volvió, de una salida con el padre, con esa
bombacha manchada de sangre que trae a la consulta. Sin hacer ningún examen de
laboratorio, el médico dictamina que la sangre es de algún animal y que la
criatura se debe haber sentado encima de ella. Tiempo después, la pequeña es
llevada por la madre a una psicóloga que comprueba el abuso. La niña,
escuchada a través de la hora de juego diagnóstica, se anima luego a dar
detalles verbales de lo que el padre le hace.
· En un ateneo clínico, hace de esto veinte años, una psicoanalista
presentaba en una institución el caso de una paciente de treinta y cinco años
con mucho daño psíquico, que había sido víctima de abuso por parte de su
abuelo desde los cinco hasta los quince años. El prestigioso psicoanalista que
había sido invitado a discutir el caso dijo una frase incomprensible en ese
momento para todos los presentes: “Se trata de un cuadro que la vieja
psiquiatría diagnosticaría como pseudología fantástica” [10]. Por
ignorancia o complicidad nadie discutió el diagnóstico. Asimismo, precisamente
fue, en parte, por un comentario así que Freud dejó de creerle a su neurótica.
Recordemos lo que Krafft-Ebing le dijo el 21 de abril de 1896 al creador del
psicoanálisis, mientras éste presentaba en la Sociedad de Psiquiatría y
Neurología de Viena su teoría de la seducción. “Ese es un cuento de hadas
científico”.
A pesar del paso del tiempo y de todas las confirmaciones que nos da la clínica,
sigue circulando con mucha fuerza la idea de que las víctimas de abuso mienten
y que los profesionales que detectamos el problema y nos animamos a hablar de él
solamente relatamos cuentos de hadas. Pero aprender a detectar el abuso es
imprescindible. Para ello, es necesario no cerrar nuestra capacidad de escuchar
a los otros ni a nosotros mismos, en tanto posiblemente de alguna manera pudimos
haber sido también víctimas de abuso y/o violencia durante nuestra infancia.
Es decir, es imprescindible trabajar con nuestra propia desmentida, con nuestra
propia tendencia a no querer ver aquello que, por terrible y siniestro,
preferimos decidir que no existe. Para los que trabajamos con la salud la
desmentida es mucho más peligrosa, en tanto denuncia que nuestro instrumento de
trabajo, es decir nuestro propio psiquismo, tiene fallas
Llamar a las cosas por su nombre
Es muy importante utilizar las palabras adecuadas cuando hablamos de estos
temas, es decir adjetivar de manera precisa y acertada. En términos más
cotidianos, es imprescindible llamar a las cosas por su nombre. Por eso y
compartiendo las ideas de otros colegas, utilizo el término víctima para
referirme a la niña o al niño abusado mientras que califico de sobreviviente a
las adultas y adultos que, durante su infancia, cuando fueron víctimas,
padecieron por abuso sexual. Sobreviviente apunta a remarcar todas las
estrategias y recursos vitales que aquellas víctimas han tenido que movilizar
para poder seguir estando vivas.
Se trata, entonces, de “honrar lo que se ha hecho para sobrevivir” [11] y
valorar todo lo que se puede seguir haciendo para cerrar las heridas. Con las
palabras victimario, ofensor o abusador designo a los que comenten el abuso.
Para Judith Herman [12], los términos “víctima” y “victimario”
determinan con claridad en quien reside la responsabilidad del agravio. Mientras
el adulto victimario es el responsable de utilizar a los niños sexualmente, las
niñas y niños se encuentran en un estado de invulnerabilidad e impotencia. Se
trata entonces de un adulto que falla en su deber de cuidar al niño y de un niño
al que con el abuso se violan sus derechos a ser cuidado. Asimismo, considero
imprescindible dejar de utilizar algunas palabras, muy frecuentes en el discurso
sobre el abuso sexual, en tanto se instrumentan tramposamente para desmentir,
desfigurar o encubrir tal delito contra la infancia. La palabra paidofilia, además
de no estar en los dos diccionarios consultados, es frecuentemente usada para
designar al abusador de menores. Paidofilia está compuesta por dos raíces
griegas: “paido”, que significa niño y “phileo” que se traduce como
afición, amor. El término pederasta se origina en el griego “paiderastés”,
compuesto a su vez de las raíces “paidós”, niño, y “eratés”, amante
y sirve para definir tanto al hombre que comete abuso deshonesto con un niño
como al invertido o sodomita. “Pederastía” figura también como:
“Homosexualidad practicada con los niños y, por extensión, homosexualidad
masculina”. Sodomía señala una relación libidinosa entre dos personas,
contraria a la naturaleza, y tiene como sinónimo a perversión sexual. También
significa coito anal. Los diccionarios no hacen más que reflejar el significado
que las palabras tienen en un determinado idioma y son influidos por los usos,
las costumbres y la ideología social. La primera trampa que quiero señalar
reside en que se hace un paralelismo entre el amor por los niños y el abuso
sexual, de allí el uso de “paidofilia” y “pederastía”. La segunda
trampa consiste en confundir el amor o la relación sexual entre dos personas
del mismo sexo con el abuso sexual hacia niños del mismo o del otro sexo. En
otras palabras, el abusador no ama a los niños, sino que, haciendo abuso de su
poder, los utiliza sexualmente. Es indistinto que el ofensor cometa abuso contra
una criatura de su mismo sexo o del otro. Lo que marca su particular
subjetividad violenta y delictiva es que es un abusador.
También el uso de la palabra seducción conduce a algo engañoso. Como tiene
dos significados tan contradictorios ¿desde cuál de los dos se usa cuando
designa al abuso?. Uno de los significados es “persuadir a alguien con
promesas o engaños a que haga cierta cosa, generalmente mala o perjudicial.
Particularmente, conseguir un hombre, por esos medios, a una mujer”. En un
segundo sentido significa “hacerse una persona admirar, querer o,
particularmente, amar intensamente por otra, ejemplo, seduce a todos con su
simpatía”. Un sinónimo sería fascinar, que también tiene significados muy
contradictorios.
Llamando a las cosas por su nombre, propongo repensar la “teoría de la
seducción” y contruir una nueva teoría: la del abuso sexual contra la
infancia. Asimismo, como las estadísticas nos hablan de porcentajes mayores en
el caso de las niñas y los abusadores, en su mayoría, son varones, el tema de
género se vuelve insoslayable en la construcción de tal teoría.
Por otra parte, y en relación a las estadísticas mencionadas, en adelante usaré
el género femenino para la sobreviviente y el masculino para el abusador
Adultas sobrevivientes al abuso sufrido en la infancia
Quienes trabajamos con adultos sabemos que muy excepcionalmente la paciente que
fue abusada durante su infancia o adolescencia solicite tratamiento por esta razón.
Lo que motiva su consulta son problemas laborales, de pareja, sexuales,
familiares. Cuando surge el tema es porque las circunstancias actuales de la
vida movilizan el recuerdo, hasta ese momento totalmente inconsciente o, si la
experiencia nunca fue "olvidada", es la situación terapéutica la que
hace que la sobreviviente supere su silencio, causado por vergüenza y culpa, y
se anime a hablar ante quien considera un interlocutor válido. En el mejor de
los casos, la valiente mujer que se anima a nombrar algo que la sigue haciendo
sufrir tanto, encontrará a ese interlocutor. En el peor de los casos, se la
revictimizará, considerándola responsable del abuso o culpabilizándola por no
haberlo detenido. La pequeña niña tendría que haberse defendido de ese enorme
adulto por el cual fue aplastada. Asimismo, el terapeuta que no puede creerle a
su paciente cuando relata el abuso, la hará una víctima más del ancestral y
absurdo diagnóstico de “pseudología fantástica”.
Los psicoanalistas que atendemos adultos también sabemos que, en general, no
tenemos ocasión de conocer a los familiares de nuestros pacientes, excepto en
situaciones muy especiales. Tampoco tenemos necesidad de comunicarnos con
abogados o jueces, con la excepción de que atendamos a mujeres violadas o
golpeadas.
Por otra parte, cuando la adulta relata su experiencia de abuso sexual sufrida
en la infancia, el ofensor y los testigos hasta pueden estar muertos.. Los
especialistas en adultos tampoco vemos niños en nuestros consultorios, excepto
que nuestra paciente que acaba de ser madre, venga con su bebé en brazos porque
no tuvo con quien dejarlo o porque necesita, por alguna razón, que veamos en
ese nuevo vínculo algo que ella con sus propios ojos no puede ver. Pero con lo
que siempre un analista de adultos se encuentra es con la niña que la paciente
fue en el pasado. Ciertas situaciones vividas han sido tan dolorosas,
conflictivas y/o traumáticas que producen un revivir una y otra vez ese pasado
que se presentifica permanentemente. Los analistas también sabemos que aquellas
personas que fueron muy conflictualmente significativas ayer, permanecen en el
psiquismo de nuestra paciente como si el ayer fuera hoy, manteniendo tan fuerte
influencia que aún parece que le colonizaran el alma. Del mismo modo, cuando
escuchamos a nuestra paciente adulta recordar el abuso, nos encontramos con esa
niña aterrada, impotente, que se considera culpable, de manera similar a lo que
nos relatan los terapeutas que atienden niños abusados.
Sólo que ahora, en lugar de tener frente a nosotros a una criatura en su hora
de juego, nos encontramos frente a una mujer que viene, desde lo exterior sola
pero que siempre trae, en su interior, junto a la niña que ella fue, a todos
los personajes internos que de alguna manera estuvieron en su vida durante el
tiempo del abuso, fundamentalmente los padres y el abusador. Y tanto aquella niña
que mi colega especializado en niños atiende como la mujer a la que yo escucho,
se sienten perdidas, confundidas, culpables; por eso, necesitan que se les
recuerde una y otra vez cuánta fuerza vital tuvieron que movilizar para poder
sobrevivir.
Esta adulta que nos consulta muchas veces se encuentra trabada en la posibilidad
de librarse de su identificación con el agresor y de juzgar al verdadero
culpable del abuso, para poder luego, metafóricamente, matarlo y enterrarlo
[13]. Cuando esta paciente recuerda y narra tan sórdida historia, el abuso
aparece como una experiencia particularmente dolorosa y humillante de la que es
sumamente difícil hablar y a la que los terapeutas debemos abordar con la mayor
prudencia y cuidado, para evitar que nuestro acercamiento sea vivenciado como
una nueva intrusión abusiva. A veces, el relato se presenta de manera espontánea
y hasta inesperada. Otras, el terapeuta puede inferirlo y detectarlo a través
de sueños o de síntomas. En la experiencia clínica con adultas se confirma lo
que expresan todos los autores que trabajan este tema: habitualmente el abuso se
comete dentro del ámbito familiar: padres, tíos, abuelos, hermanos mayores, un
amigo de la familia. Tal vez sea porque aparece mayormente en el ámbito de la
“sagrada familia” que el abuso, aunque es un delito, por temor o por
desmentida en general no se denuncia.
Avatares de la memoria
Cuando la criatura abusada se vuelve adulta, con su desmentida logra
convencerse, muchas veces, que el abuso no ocurrió. Pero no debe confundirse
este proceso con una simple represión, porque con ésta el resultado es que un
pensamiento, una imagen, un recuerdo permanecen inconscientes. En la represión
la lucha es contra algo que proviene de uno mismo. En cambio, en el caso de la
desmentida, la percepción que es dada por inexistente proviene de la realidad
externa. Algo que existe no existe, algo que se ve no se ve, algo que sucede no
sucede, algo que pasó no pasó. Cuando la desmentida se pone de tal manera en
funcionamiento, el propio yo queda dañado, en tanto es atacada su capacidad de
reconocer una percepción, de aceptar algo como existente, de discriminar como
propia una sensación corporal. Este mecanismo psíquico es útil en algunos
casos. Todas las defensas lo son, según el grado, el momento y la frecuencia
con que nuestro yo las use en las diferentes etapas de nuestras vidas, en tanto
nos ayudan a enfrentar ansiedades y conflictos cotidianos. Pero, si alguno de
esos mecanismos se utiliza en demasía, el psiquismo se daña. La amnesia de
acontecimientos traumáticos, fenómeno vinculado con la desmentida, se presenta
a posteriori de un traumatismo psíquico y es común entre los sobrevivientes de
guerra, campos de concentración, violación sexual, atentados terroríficos,
abuso sexual, etc. Las personas que han estado expuestas a situaciones traumáticas
pueden tener síntomas de disociación (sonambulismo, alteraciones de la
memoria) y signos de stress postraumático (imágenes retrospectivas,
alteraciones del sueño, pesadillas). También puede suceder que estas personas
se replieguen y aíslen y/o que se depriman. A veces tienden a restarle
importancia a las realidades dolorosas del presente o están como insensibles o
con sentimientos de vacío.
Pero, como bien puntualiza el terapeuta David Calof, citado por Bass y Davis en
su libro El coraje de sanar, “a diferencia de las personas sobrevivientes de
desastres públicamente reconocidos, las personas que han sido abusadas
sexualmente durante su infancia, no saben por qué se sienten así.
Frecuentemente sus recuerdos del trauma o están fragmentados en desconcertantes
mosaicos o no existen en lo absoluto”. Estas personas son “veteranas de
guerra muy particulares”, guerras que han tenido lugar, por ejemplo en la cama
de su propia habitación o en la casa del vecino, con una secuela de heridas que
tal vez nunca hayan sido ni vistas ni curadas por nadie. Además, rara vez
existen testigos. En el escenario del abuso sólo se encuentran la pequeña víctima
y el victimario.
“La calidad siniestra y el efecto traumático devastador de la violencia
familiar y política - reflexiona Carlos Sluzki - son generados por la
transformación del victimario de protector en violento, en un contexto que
mistifica o deniega las claves interpersonales mediante las cuales la víctima
podría reconocer o significar los comportamientos como violentos”. En el caso
del abuso sexual, la criatura también es privada de su capacidad de disentir o
consentir. E incluso, frecuentemente, el acto de violencia es descalificado como
tal por el victimario, que le dice al niño: Esto lo hago por tu propio bien, no
te puede doler tanto, te va a gustar, vos me provocaste. Es así que a la
desmentida usada por la criatura para defenderse se agregan mensajes por parte
del ofensor que caracterizan la comunicación de doble vínculo. Si la familia o
cualquier otra persona ante la cual el menor denuncia el abuso no le creen o no
advierten, por otras señales, que tal abuso está sucediendo, agregan, con su
desmentida, un nuevo acto de violencia sobre el psiquismo de la criatura. Para
que una conducta pierda su efecto traumático debe ser calificado de tal. Una
paciente relata la experiencia de abuso - ella tenía seis años - diciendo que
su tío era “un joven calenturiento”. La analista, llamando a las cosas por
su nombre, señala: “Ese fue un tío abusador”.
Por otra parte, aunque el abuso haya sido aislado, se instala en el aparato psíquico
con la fuerza de los que han sido reiterados, porque la víctima generalmente ha
sufrido otros episodios de violencia: maltrato físico y psíquico y otras
experiencias sexuales traumáticas muy comunes, sobre todo en la vida de las niñas:
miradas obscenas, encuentros con exhibicionistas y frotters, etc.
Freud también fue pionero en conceptualizar, cuando el psicoanálisis nacía,
la muy clásica y a la vez actual teoría traumática. Un trauma es un
“acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la
incapacidad del sujeto de responder adecuadamente y el trastorno y los efectos
patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica”, sintetizan
Laplanche y Pontalis.
* Clara, una amiga de Susana, por una situación circunstancial, le informa a la
terapeuta de Susana que ésta había sufrido de chica un abuso sexual por parte
de su padrastro. Una tía muy querida de Susana se lo había contado a Clara. La
terapeuta se ve obligada a comunicarle a su paciente esta información,
ignorando si era o no verídica. La paciente, que en el momento de la consulta
tiene cuarenta años, reacciona enojándose por el disparate inventado por su
amiga, entre otras cosas porque su padrastro, que sustituyó a su padre ausente,
había sido un hombre buenísimo y muy respetuoso de su intimidad. Días más
tarde, Susana llega a una sesión muy angustiada, con miedo a estar volviéndose
loca. Es que al estar cerca de la ventana de su habitación ha visto que un gato
caía como desde un piso superior. Está segura que no se trata de su propio
gato, que ronronea por ahí. Va hasta la planta baja y le pregunta al portero si
vio algo, recorriendo con él el lugar donde supuestamente el animal habría caído.
No encuentra nada. De pronto, también tiene pesadillas que no recuerda, se
enfurece contra su madre, está en general muy angustiada y no quiere salir de
su casa más que para ir a sus sesiones. La terapeuta le dice que cree oportuno
que converse con esa tía tan querida, para constatar si su amiga inventó o no
la historia del abuso y qué fue concretamente lo que la tía le relató. A
partir de ahí, durante dos semanas, Susana debe ir todos los días a sesión.
La historia era cierta y el impacto fue enorme. La tía confirma que existió el
abuso cuando la joven tenía quince años, pero que se trataba del amante de la
madre, no del padrastro. Los recuerdos vienen por retazos y entre Susana y su
analista construyen el rompecabezas. Susana había tenido que “olvidar”
porque hubo un doble trauma: a veces ella acompañaba a su madre a los
encuentros con el amante. La madre le era infiel a su querido padre adoptivo con
un hombre que, además, abusaba de ella. Un día pudo contárselo a su
protectora tía, que tomó cartas en el asunto y el abuso cesó. También se
habría puesto fin a la relación de la madre de Susana con el abusador.
Otras señales y efectos del abuso en la subjetividad de las sobrevivientes
En los adultos neuróticos, el abuso sexual sufrido en la infancia aparece,
como antes dijimos, en síntomas y sueños, no solamente en relatos. En la
psicosis el abuso o el maltrato aparecen disfrazados de delirios.
Schreber, el paciente más famoso del psicoanálisis, denunciaba con sus
delirios claramente el maltrato que había sufrido de parte de su padre.
Una adolescente esquizofrénica ocultaba a la vez que develaba, a través de su
delirio, la violación por parte de su padre, diciendo que una voz la obligaba a
matar a su pequeño hijo, producto de esa violación.
También se puede detectar el abuso cuando nos relatan sensaciones o acciones
que, por extrañas, llaman mucho nuestra atención. Una mujer relata que
siente a veces por la noche un peso que se apoya en su colchón y lo hunde.
Otra, siempre tiene que dejar una luz prendida a la noche cuando se va a dormir.
En ambos casos, el abusador había sido el padre. Otros síntomas o
patologías que, a veces, denuncian al abuso, son dificultades para dormir,
fobias, anorexia y bulimia, depresión, alcoholismo, drogadicción, disfunciones
sexuales. Estos síntomas simbolizan un escudo que protege contra la violación,
una frontera para impedir la invasión a la intimidad, invasión propia de toda
violencia. Cuando el abuso es a edad muy temprana y no hay aparato psíquico
capaz de poder simbolizarlo en palabras, aparecen llantos y temores que luego se
trasforman en actos y juegos infantiles. También es muy frecuente que se
presente desconexión con los propios sentimientos o con sensaciones corporales:
sentir que la mente se desprende del cuerpo, anestesiarse ante estímulos
habitualmente dolorosos o ansiedades persecutorias que no siempre se
corresponden con las situaciones vividas en el presente. Cuando se produce
desconexión de las experiencias displacenteras, también hay un desensibilización
en relación a las placenteras (anhedonismo).
* Eva tenía cincuenta años cuando pudo comenzar a conectarse con el abuso que
sufrió desde muy pequeña y hasta su adolescencia por parte de un tío. Siempre
hablaba de esa experiencia - de la que sólo poseía imágenes aisladas - con
total indiferencia. Como su médico le había indicado un análisis de H.I.V.,
estaba en su sesión con el sobre, sin poder abrirlo para así enterarse del
resultado. Su terror y angustia eran enormes. La analista le señaló que
probablemente ella creía que en ese sobre estaban encerradas situaciones
relacionadas con experiencias sexuales muy dolorosas, situaciones que mantenía
tan en secreto que ni ella misma quería enterarse. Movilizados sus afectos,
pudo entonces abrirse ante sí misma. Podía recordar y hablar del abuso de su
infancia y de experiencias sexuales de su adultez, que recién ahora podía
reconocer como violaciones. Ella no había sufrido solamente abuso sexual
durante su infancia sino que era la sobreviviente de muchas otras violencias,
habiendo quedado desde muy pequeña totalmente desamparada. Por eso era muy difícil
para ella cerrar estas heridas. Su personalidad quedó tan fuertemente
quebrantada. que Eva decía: “Me destrozaron el alma”. Viene otra vez
a nuestra memoria Daniel Paul Schreber, que en su delirio denunciaba el
“asesinato del alma.” Es frecuente que los sobrevivientes de maltrato y
abuso utilicen esta expresión. Se trata de un proceso del que Strindberg ya había
hablado en 1887, refiriéndose a “una política de destrucción del ser humano
a quien - con el fin de dominarlo mejor - se le quita su principal razón de
vivir”. (Maud Mannoni: De un imposible al otro). En 1832 el juez alemán
Anselm von Feuerbach, acusó a los dos padres adoptivos de Kaspar Hauser de
asesinato del alma. El niño había sido criado en la oscuridad total y privado
de casi todo contacto humano durante 17 años. Feuerbach escribe en su libro
Lo que presenta el aspecto más repugnante del crimen cometido con él es la
iniquidad cometida contra su naturaleza espiritual. El hecho de que haya sido
excluido de todo intercambio con seres humanos. Haberle retirado toda la nutrición
que hace que la mente humana crezca y florezca es una invasión criminal a la
propiedad más sagrada y más peculiar del hombre: la libertad y el destino de
su alma”.
Adriana, de treinta años, comenzó a ser abusada por su cuñado cuando tenía
seis. Su padre, al que recuerda como cariñoso y protector, había muerto y su
hermana mayor y el cuñado se mudaron a la casa en donde ella vivía con su
madre y otros hermanos también chicos. Cuando Adriana le contó a su madre lo
que el cuñado le hacía, ella contestó que necesitaban del dinero que él
aportaba. El abuso, por supuesto, persistió. Adriana empezó a trabajar desde
muy chica A los quince años ganaba lo suficiente como para que se pudiera
prescindir del dinero aportado por el cuñado. Entonces le dijo a su madre:
“Ahora decile que se vaya”.
La sobreviviente del abuso en general está más enojada con su madre que con el
abusador. Cree que su madre es cómplice. Espera de ella todo el cuidado,
deposita en ella su confianza. Necesita que su madre le crea, aunque en realidad
muchas veces ésta la acusa de mentirosa o, como sucedió con Adriana, no es
protegida. De alguna manera su enojo tiene sentido porque, como dice Graciela
Bianchi, se necesitan cómplices para desmentir.
· Clarita pudo relatar en su análisis, por primera vez y siendo adulta, que,
cuando sus padres la dejaban desde pequeña con el abuelo, él abusaba de ella.
Esto sucedió desde los cinco hasta los quince años. Cuando, motivada por el
proceso analítico, quiso relatar lo sucedido ante la familia, su madre, su tía
y su hermana contaron que ellas, de niñas, también habían sido víctimas de
este hombre. Y todas habían callado hasta ese momento. Se trataba de una típica
familia patriarcal en la que el abuelo desempeñaba el rol principal manejando
todo con su dinero, incluso al padre de Clarita, un hombre muy sometido a su
suegro.
Revisitando el mito de Edipo
En un encuentro clínico realizado en el Ateneo Psicoanalítico durante el año
1998, junto a un grupo de colegas hicimos una presentación de un caso de abuso
sexual [14]. Decíamos allí: “En las formulaciones de Freud sobre el Edipo
queda en primer plano el desborde pulsional de Edipo - el incesto con Yocasta y
el parricidio hacia Layo - quedando en segundo plano que Layo había abusado de
Crísipo, hijo del rey Pélope. Éste había nombrado a Layo preceptor de Crísipo.
Cuando Pélope se entera del abuso, lanza a Layo su anatema: ‘Que nunca tengas
un hijo y que, si llegas a tenerlo, sea el asesino de su padre y despose a su
madre’ La profecía del oráculo hacia Layo ‘tu hijo te matará y yacerá
con su madre’ repite la maldición de Pélope y conduce a Layo a su conducta
filicida. El parricidio de Edipo es un efecto del abuso y del filicidio”. En
esa ocasión también citamos una reflexión de Haydée Fainberg: “No he
encontrado ninguna interpretación psicoanalítica sobre el mito de Edipo que
acordase un lugar preeminente al secreto de la genealogía de Edipo. En gran
parte, el filicidio ha sido igualmente desatendido por los psicoanalistas y para
comenzar por Freud mismo”. A las reflexiones de Fainberg agregamos que, como
el abuso sexual contra menores también ha sido desatendido en la clínica
psicoanalítica con niños, adolescentes y adultos, no se menciona a Layo como
abusador ni a la maldición de Pélope como su venganza por el abuso.
Un relato en primera persona
Por resguardar su identidad, en general no se tiene la ocasión de poder citar
textualmente el relato de una sobreviviente hecho en primera persona y
confesando su nombre verdadero. En esta ocasión, sin embargo, me animo a
hacerlo, en tanto la autora de estas palabras, Virginia Wolf autorizó que
fueran publicadas luego que ella muriese:
Recuerdo el contacto de su mano debajo de mis ropas, avanzando firme y decidida
cada vez más abajo. Recuerdo que yo esperaba que se detuviese de una vez, que
me iba poniendo más tensa, que me retorcía a medida que la mano iba aproximándose
a mis partes más íntimas. Pero no se detuvo. Su mano exploró también mis
partes más íntimas. Recuerdo que me sentí ofendida, que no me gustó. ¿Cuál
es la palabra para un sentimiento tan callado y conflictivo? [15]
Con estas palabras la talentosa escritora inglesa describe el abuso sexual
sufrido cuando tenía seis años. El abusador fue Gerald, su medio hermano, de
diecisiete años, es decir once mayor que ella. Víctima de su antigua depresión,
Virginia Wolf se suicidó en la primavera inglesa de 1941. Dos meses antes le
escribía a otra amiga: Todavía me estremezco de vergüenza al recordar a mi
hermano... explorando mis partes más íntimas.
Abuso sexual y género
En este punto quisiera relatar dos viñetas clínicas con la finalidad de hacer
notar las particulares maneras que, a diferencia de las mujeres, tienen los
varones para describir y tramitar en su adultez el abuso que padecieron en la
infancia
* Alberto, de cuarenta y nueve años, relata: "Mi primera experiencia con
un hombre fue de terror. Mi papá, que sospechaba que yo pudiera ser gay, le
encomendó a un tipo amigo de él que me hiciera debutar con una mina. Pero
debuté con él. Yo tenía catorce años. Él me tenía amenazado: si yo contaba
algo él iba a decir que yo era puto". Este párrafo es representativo de cómo
los hombres suelen relatar un abuso, disfrazándolo de "debut". Él no
debutó con el amigo del padre, sino que fue abusado y en este caso la amenaza
consistió en contar acerca de su condición de homosexual. También
podemos pensar que cuando el padre del protagonista de esta historia lo manda a
“debutar con una prostituta”, hace lo propio de muchos padres que fuerzan a
su hijos, homosexuales o no, a vivir situaciones sexuales traumáticas, como
puede llegar a ser, para un púber o un adolescente, cuándo de él no surge la
demanda, la “iniciación sexual” con una prostituta.
* Ricardo y su mujer se reprochan mutuamente, una vez más, durante una sesión
de terapia de pareja. Mientras, según él, ella siempre se niega a hacer el
amor, ella siente, cuando está durmiendo, los acercamientos de él como
violaciones. La terapeuta percibe una actitud compulsiva por parte de Ricardo.
Cuando, en su terapia individual, él relata este episodio, las asociaciones lo
llevan a recordar que, cuando tenía unos nueve o diez años, unos muchachos
abusaron de él. No se lo contó a nadie, es la primera vez que lo hace. Años más
tarde, en su adolescencia, él quiso repetir esa experiencia con un niño pero
perdió la erección. Durante mucho tiempo, ante chicas de su edad o
prostitutas, él permanecía impotente, hasta que pudo hacer el amor con una
novia que lo quería mucho. Ricardo y su analista acordaron que había sido una
suerte para él y para el chico del que intentó abusar que él perdiera la
erección, porque sino él hoy sería un abusador, como esos muchachos de los
que él fuera víctima. Seguramente algo de esa temprana experiencia se le
filtraba con su esposa en sus acercamientos compulsivos nocturnos. Ricardo tuvo
una transitoria identificación con el agresor, como forma seguramente de
asegurarse que no había perdido su virilidad. Mientras las mujeres,
cuando reviven el abuso, se sienten avergonzadas y culpables por creer que con
su conducta incitaron al abusador, los hombres abusados lo suelen califican de
“debut” o se avergüenzan por creer que perdieron la virilidad, como en el
caso de Ricardo. Recordamos en este punto al personaje que Nick Nolte
protagoniza en la película El príncipe de las mareas y su humillación al
tener que relatarle a una mujer de la que se está enamorando, la experiencia de
abuso sufrido en su infancia.
Dice Jean Baranes: "El reconocimiento de la realidad de ciertas
violencias es para la psique un anclaje necesario y enteramente indispensable
para la eficacia del trabajo del análisis, que no consista en la pura
reproducción de la desmentida de la realidad de la que el paciente ya ha sido
objeto".
Respetar el silencio
¿Por qué los pacientes no quieren hablar de esos temas? Quizás porque, como
ya vimos, en su momento hablaron y nadie los escuchó. Quizás porque sienten
que ahora es demasiado tarde, que ya aprendieron a convivir con esa experiencia
dolorosa tan temprana y que revivirla es como volver a transitar la situación
traumática. ¿Se transforma ahora el analista en una especie de abusador de ese
psiquismo que se defendió como pudo para poder sobrevivir? ¿Se trata de
situaciones tan traumáticas que son, a veces, no pasibles de elaboración? Como
toda herida, el abuso deja una cicatriz, que con sólo rozarla se vuelve otra
vez dolorosa. Tal vez, como con los pacientes que sufrieron torturas, sólo
debamos trabajar con los síntomas, respetando que necesiten silenciar el hecho
traumático. Trabajar con ese síntoma y con los propios límites en cuanto a la
posibilidad de conectarse con zonas muy dolorosas de su existencia, es una forma
más que tendrá el paciente de poder adueñarse de su vida y de poder animarse
a vivir de manera más plena. Además, cuando un paciente que ha sufrido abuso
empieza a saberse dueño de sí, aprenderá a protegerse y a proteger a otros -
por ejemplo, a sus hijos - de otras posibles situaciones abusivas .
Subjetividad de los abusadores
¿Por qué el abuso se produce con tanta frecuencia?. ¿Por qué la mayoría de
los abusadores son varones?. ¿Por qué la mayoría de las abusadas son niñas?
Para dar estas respuestas es insoslayable, como ya dijimos, considerar la
perspectiva de género Sabemos que las mujeres y los niños son los oprimidos
mientras los varones son los opresores. El abusador usa la sexualidad como un
instrumento de poder y de dominio sobre su víctima. Ella, por necesitada e
impotente, no tiene otra salida que la de someterse. Igual que el
exhibicionista, que el violador y el golpeador, al que comete abuso contra una
criatura no lo mueve Eros sino el deseo de poder.
El abusador en general no consulta. Algunos especialistas en el tema afirman que
no se rehabilita. Aunque muchas veces no presenta una patología evidente, sin
duda la tiene. El DSM IV describe dos cuadros que pueden adecuarse: trastorno
antisocial de la personalidad y paidofilia - o lo que propongo denominar ofensa
sexual. El hecho de considerar que el abusador está enfermo no debe ser
utilizado como un argumento para desculpabilizarlo. En primer lugar, porque él
sabe lo que está haciendo. En segundo lugar, porque cada uno es responsable de
sí mismo, aún de su enfermedad y de sus síntomas. En tercer lugar porque el
abusador es peligroso, en tanto puede repetir el abuso. Él cosifica a su víctima.
No la considera un ser humano. Como la criatura abusada no es para él su
semejante, no siente empatía hacia ella. Sabemos que frecuentemente ellos también
fueron víctimas de abuso.
Son adecuadas las para mí muy ricas reflexiones del psicólogo Robert Lifton en
relación a la conducta de los médicos nazis que participaron en el Holocausto.
Lifton quería comprender cómo estos hombres podían matar y torturar a seres
humanos, a través de lo que ellos llamaban “experimentos médicos”, cómo
podían elegir a quiénes iban a morir o a vivir y cómo podían después irse a
sus casas, asistir a misa y jugar con sus hijos. Para explicar esta conducta
inconcebible, pensó en el mecanismo del desdoblamiento, defensa disociadora que
permitía a los médicos cometer actos atroces y mantener, a la vez, una posición
“respetable” en la sociedad. El desdoblamiento fue, dice Lifton, el vehículo
psicológico que permitió a los "fáusticos médicos nazis establecer un
pacto con su entorno diabólico, entorno que les otorgaba el privilegio psicológico
y material de una adaptación privilegiada a cambio de su participación en el
Holocausto". Lifton también cree en la responsabilidad. "Somos los únicos
responsables morales de los pactos fáusticos que establezcamos, tengan estos
lugar de manera consciente o inconsciente".
Créale otra vez a su neurótica , doctor Freud
Créale otra vez a su Neurótica, doctor Freud, que, como dicen Ruth y Henry
Kempe, "los niños no inventan historias relativas a actividades sexuales a
no ser que hayan sido testigos oculares de las mismas. Y, por supuesto, han sido
testigos de los abusos sexuales cometidos contra ellos". Por otra parte, el
mismo creador del psicoanálisis decía, a raíz del caso Juanito:
“El niño no miente sin razón, y en general, se inclina más que los adultos
hacia el amor por la verdad.(...) Liberado de su opresión, comunica a
borbotones lo que es su verdad interior”.
Todos, psicoanalistas, abogados, pediatras, educadores, jueces, la comunidad
toda, tendríamos que animarnos a creerle a la Neurótica de Freud. Así tal vez
habría menos niños abusados y más sobrevivientes que se animarían a dejar el
refugio - cárcel de su neurosis.
[1] Acerca de la historia de la “cura del almaª se encontrarán riquísimos
datos en el libro de Henri Ellenberger.
[2] Citado por Jeffrey Masson.
[3] Del prólogo al libro de J.C. Bourke Ritos escatológicos de todas las
naciones..
[4] Katharina habría sido Aurelia Kronich, hija de un posadero andino.
[5] El relato sobre Rosalía, una cantante de ópera, se encuentra en el
historial de Elizabeth de R.
[6] La conferencia fue casi textualmente escrita luego en un trabajo de 1896: La
etiología de la histeria.
[7] Con el concepto de desmentida me refiero a ese mecanismo psíquico a través
del cual desconocemos la existencia de algún aspecto de la realidad con el que
no queremos y no podemos enfrentarnos. En su Diccionario de Psicoanálisis
Laplanche y Pontalis definen a la renegación o desmentida como un mecanismo de
defensa consistente en que “el sujeto rehúsa reconocer la realidad de una
percepción traumatizante”.
[8] Casandra, en una de sus profecías más famosas, hablaba de la derrota de
los troyanos por parte de los griegos.
[9] Como tantos de nosotros en algún momento de nuestra vida profesional, hasta
nuestra muy respetada Marie Langer también desmintió aquello que su escucha
registraba. En 1943 escribía estas palabras que hoy provocan escalofríos:
“Eva tenía recuerdos muy nítidos de su primera infancia. Era una niña de
sexualidad muy precoz. Se acordaba que a la edad de cuatro o cinco años le
gustaba subirse a las rodillas de algún parroquiano de la cantina de su madre,
para provocarle, con movimientos hábiles e inocencia fingida, una erección”
.
[10] El diccionario médico alemán Pschyrenbel define a la pseudología fantástica
como la “invención de experiencias que tan sólo son cuentos de hadas” .
(Ver Jeffrey Masson).
[11] Bass y Davis: El coraje de sanar.
[12] Citada por Gioconda Batres Méndez: Del ultraje a la esperanza.
[13] En Estados Unidos es común, desde hace ya muchos años, que las mujeres
sobrevivientes de abuso les hagan a sus ofensores juicios por daños y
perjuicios y hasta forman parte de asociaciones que las protegen y asesoran.
[14] Ver en la bibliografía el trabajo de Kleiner, Monzón, Nusimovich, Salomón
y Sagredo.
[15] Esta frase, citada por June Dunn, es parte de una carta escrita por
Virginia Woolf a su amiga Ethel Smyth el 12 de enero de 1941 y forma parte del
volúmen 6 de The Letters: Leave de Letters till we’re Dead.
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Violencia Familiar. noviembre de 1992. Asociación de Abogados. Jornadas de
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Noviembre . 1992.
II. “Iatrogenia en el psicoanálisis de la mujer". Primeras Jornadas
Nacionales. Red Nacional de Salud para la mujer. mayo de 1993
III. “Abuso sexual contra la infancia. Violencia de la desmentida”. Primeras
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de los 90. Buenos Aires. Octubre de 1996. Espacio Editorial. Buenos Aires. 1998.
IV. “Abuso sexual contra menores. Violencia de la desmentida”. Revista
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· Moses, Rafael: "La desmentida en los adultos no psicóticos: algunos de
sus aspectos adaptativos y no adaptativos". Revista de la Asociación
Psicoanalítica Argentina. Nro. 1. 1989.
· Peyrú, Graciela; Leman, Victoria; Alter,Roberto: "Incesto. El desván
clausurado". Revista Psicologías en Buenos Aires. Nro. 7. junio 1992.
· Roazen, Paul: Freud y sus discípulos. Alianza Editorial. Madrid.1986.
· Shapira, Laurie: El complejo de Casandra. Editorial Luciérnaga. Barcelona.
1993
· Schatzman, Morton: El asesinato del alma. La persecución del niño en la
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· Rascovsky, Arnaldo: El filicidio. BEAS ediciones. Buenos Aires. 1992.
Un trabajo de Isabel Monzon.
Publicado en Alerta Vida
www.alertavidaong.tk
Cortesia de Rachel Holway
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