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Fuente de información: Haike.es

Los ingleses tienen una expresión muy buena para los malentendidos entre distintas lenguas: “lost in translation” algo que se quedó en un limbo inexplicable mientras se intentaba traducir la conversación. La traducción es una ciencia relativamente joven como tal, y engloba muchas disciplinas, pero en todas sus vertientes se necesita captar algo que va más allá de las palabras.

Si partimos de la base de que, aunque las palabras sean distintas, los conceptos son universales, la finalidad de la traducción no es pasar las palabras de un idioma a otro, es crear una relación de equivalencia para llegar a transmitir un mismo mensaje. Para que esto sea posible, debemos recurrir a profesionales altamente cualificados, que además de conocer ambos idiomas aporten sentido al mensaje y hagan efectiva la comunicación.


¿Puede haber dos traducciones idénticas?

Es una pregunta tan difícil de contestar como lo es tratar de responder a si existen dos personas idénticas. La ciencia dice que ni los gemelos idénticos lo son. Pero que se pudieran hacer dos traducciones iguales no es la finalidad de la traducción como ciencia. La meta de la traducción es la comunicación, la transmisión de la información, de ahí que no se traduzcan solo significados sino mensajes, y esto hará que se produzca equivalencia entre los valores comunicativos, no entre las palabras en sí.

Los traductores no pueden ceñirse a controlar ambos idiomas, su formación y experiencia les lleva a convertirse en verdaderos mediadores interculturales, con un conocimiento de ambas culturas y sus matices que va mucho más allá del lenguaje. Cuando dos (o más) personas de distintos idiomas intentan comunicarse se produce también un enorme choque cultural, que se magnifica cuando no hay comunicación no verbal de promedio. Aparece pues la figura del traductor que, aparte de dominar gramática, redacción, comprensión oral y léxica, debe tener unas características personales muy específicas.

Hay teorías que hablan incluso de una capacidad innata, algo parecido al genio artístico, que tendrá que tener el buen traductor para llegar a desarrollar la capacidad de comunicar con eficacia el mensaje que se quiere traducir. El buen traductor no deja nunca de aprender, es inquieto y autodidacta, es muy paciente y perfeccionista, es psicólogo y culto, es el mensajero entre culturas. A pesar de las innumerables cualidades que se le requieren, el mejor traductor será aquel cuyo trabajo pase totalmente desapercibido, si se nota, es que no ha hecho bien su trabajo.

Al margen de esto, si hablamos de traducciones profesionales, debemos mencionar los traductores automáticos, cada día más conocidos y usados por todos. Como todos los instrumentos, tienen su función, pero definitivamente, no son la panacea de la traducción. Asisten y complementan el trabajo de traductores profesionales y, como no, a usuarios normales con dudas específicas en momentos determinados. Pero son máquinas, y aunque estén basados en la estadística, no pueden, no sabemos si por ahora solo, captar los matices del mensaje. Como decíamos antes, en la traducción trabaja un factor de inspiración y genio, algo que es exclusivo de los humanos.


¿Existen términos no traducibles?

Definitivamente no. Existen términos no traducibles a un solo término, pero siempre podremos explicar el concepto o idea, si confiamos en el aspecto universal de estos, tal y como exponía Platón. Lo que sí existen son los errores: los ingleses tienen una expresión muy buena para los malentendidos o pérdidas entre distintas lenguas: “lost in translation” algo que se quedó en un limbo inexplicable mientras se intentaba traducir la conversación. Como ya hemos dicho, la finalidad de la traducción no es pasar las palabras de un idioma a otro, es crear una relación de equivalencia para llegar a transmitir un mismo mensaje. Por eso es muy difícil pensar en términos no traducibles, quizá no sean directamente traducibles a un término equivalente en el otro idioma, pero sin duda, un buen traductor encontrará la forma coherente de explicar el mensaje que esa palabra conlleva.

De la misma forma podríamos preguntarnos ¿existe una traducción donde no se pierda ningún matiz? Pero aquí entraríamos casi en el terreno literario: ¿cuando lees una descripción de un atardecer en la playa llegas a oler el salitre y a oír el ruido de las olas? Probablemente no, pero un gran genio de la literatura puede llegar a acercarse mucho, igual que un buen traductor conseguirá la mayoría de los matices.

Para complicarlo un poco más, pensemos por ejemplo en lenguas tan distantes como el chino y el castellano, con abismos culturales y de distancia, grafía, idiosincrasia... en todos los sentidos de por medio. Llegamos a una situación donde ninguna de las dos partes podrá siquiera asomarse a intentar comprender algo. En casos tan extremos como éste es donde se hace aún más patente la necesidad de un buen mediador, un mensajero que controle todos los matices.

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